20 de diciembre de 2018

El recuerdo consciente



Cleo despierta a los niños con cantos, juegos y palabras dulces. Les da el desayuno, los despide en la puerta y los busca en el colegio. Lava la ropa, los platos, el piso. Recoge el desorden, obedece, soporta gritos y regaños. Con la familia para la que trabaja, ha aprendido a ser sumisa, pero feliz, y aunque la mayoría de veces parece invisible, es una de las partes indispensables de ese hogar que se derrumba.

Como un paseo por su memoria, Alfonso Cuarón presenta Roma, la película que consagra su carrera, y que revela las intimidades de una joven dedicada al servicio doméstico de una familia acomodada, en la Ciudad de México, en la década del 70.

Desde sus imágenes que se adentran en la cotidianidad de los oficios caseros, como el agua corriendo por los pisos de baldosa que están siendo lavados, la ropa extendida en las cuerdas de una terraza, los delantales y las escobas, la cinta lleva a su espectador por un nostálgico viaje en el tiempo, a los momentos en que presenciaba a madres y mujeres trabajando en pro de la limpieza.

Esto se combina con el encanto de su protagonista, que luce feliz, que tiene una vida más allá de lo que pueden ver sus patrones, y en el que se hace evidente la emoción de ser joven, de enamorarse y de descubrir, por lo que la película nunca se siente triste o pesada, sino que apasiona y genera una expectativa similar a la que se ve en los ojos de Cleo, interpretada de forma magistral por la actriz Yalitza Aparicio, quien ya ha sido reconocida por los Hollywood Film Awards.

Dichas escenas, que en su mayoría son exteriores, permiten también reconocer la belleza arquitectónica y cultural del Distrito Federal de la época, entre ellos sus lugares más representativos, como el teatro Metropolitan o el Centro Médico las Américas, lo que genera un sensación de estar recorriendo un álbum de fotos históricas en blanco y negro.

Lo mismo sucede en todas las locaciones, pues pareciera que Cuarón se propuso a narrar desde los espacios; todo el tiempo contextualiza, presenta los alrededores por los que transitan sus personajes, hace énfasis para que los espectadores vean más allá, sepan dónde están y se sientan parte de la escena.

Además, se nota que cada uno de sus encuadres fue rigurosamente planeado, ya que entregan perspectivas diferentes a las convencionales, con una luz que encaja perfectamente en todas las secuencias, y que termina dando como resultado un conjunto selecto de postales. Aquí hay que resaltar que el director también se encargó de la cinematografía.

En el caso del guion, el contexto histórico tiene relevancia en algunos hechos y elementos que se presentan, así como la carrera del director mexicano, a la que se le hicieron varios guiños, como es el caso de una película espacial, que podría estar muy ligada a Gravity, la cual le dio el Oscar a Mejor Director, en 2014.

Todos estos apartes técnicos sumados a las magníficas actuaciones del reparto, como Marina de Tavira, que interpreta a la señora de la casa que vive una crisis matrimonial, o Jorge Antonio Guerrero, que encarna a Fermín, el novio de Cleo, hacen de Roma un poema que transporta y que merece el reconocimiento que le han dado la crítica y los medios de comunicación. 

De igual manera, es una hazaña que esté disponible desde su estreno en la plataforma Netflix, ofreciendo al público la oportunidad de disfrutarla y de confrontarse con esos recuerdos de la niñez que, después de madurar en la memoria, adquieren un valor revelador.

13 de diciembre de 2018

La tradición que mató al misterio


Laura regresó a su pueblo, en España, para celebrar la boda de una de sus hermanas. Lo ha hecho con sus dos hijos: Diego, un pequeño de aproximadamente cinco años, e Irene, una adolescente vivaz que parece no temerle a nada. Durante ese reencuentro con su familia, sus costumbres y uno de sus primeros amores, el miedo la embargará al descubrir que su hija ha sido raptada sin piedad, y que para volver a verla deberá pagar el alto precio de quedarse sin secretos.

A modo de drama familiar, el director iraní Asghar Farhadi presenta Todos lo Saben, su primera película en español, que protagonizan la ya recurrente -e incluso hostigante- dupla conformada por Penélope Cruz y Javier Bardem, y el argentino Ricardo Darín.

Con esta propuesta, el director y guionista se esmeró en presentar la cultura familiar de los españoles, sus celebraciones bulliciosas y la cercanía que se vive en los pueblos pequeños, donde todos se conocen y tienen historias en común. Ese contexto tiene un nivel de protagonismo que casi logra quitarle relevancia a la historia central, ya que durante los 132 minutos de metraje siempre hay una conversación o un personaje nuevo, que termina saturando al espectador y truncando la comprensión de las situaciones.

También, se siente la ausencia de música en la cinta, hecho que contribuye a que los diálogos se tornen pesados y aburridos. Nunca hay un instante de transición, de silencio, sino que todo el tiempo sucede algo que advierte ser crucial, a pesar de que muchas escenas no logren concretarse.

Y es que tal vez, Farhadi pretendió mostrar lo que captó de la esencia de los españoles en el ritmo de su película, pero esto terminó siendo la gota rebosante de una copa de vino, que en lugar de provocar, embriaga desde sus primeros minutos.

Ni Penélope, ni Bardem logran salvar la cinta con la solidez de sus personajes, pese a su falta de profundidad. La ganadora del Óscar y la actriz Bárbara Lennie son las más sobresalientes de todo el reparto, y quienes le aportan dinamismo a la trama.

Por su parte, el papel de Darín es casi invisible, rayando en lo innecesario, con diálogos que dan leves pinceladas sobre el personaje, pero que nunca logran mostrar quién es.

Como aspecto positivo, la ambientación resulta muy atractiva, en especial por evocar todo el tiempo al pasado de los protagonistas. Nunca se genera la necesidad de caer en flashbacks, aunque se esté hablando de situaciones anteriores, y cada una de las locaciones es congruente con lo que se está contando.

Todos lo Saben es un mal intento de thriller, por la manera en que la abundancia de información ahoga la intriga, por el rumbo que se pierde en varias ocasiones y por lo predecible que termina siendo su historia. Por el contrario, su título es totalmente acertado, ya que al final, el espectador llega a la conclusión de que lo sabía, y al mirar a los lados se da cuenta de que todos también lo saben.

10 de diciembre de 2018

Del lejano oeste, de la realidad cercana


La vida suele ser cruel, cuando piensas que vas para un lado, que tus objetivos están por cumplirse y que estás recibiendo una pizca de felicidad, se encarga de demostrarte que nada es como parece; de nada sirve planificar, ella manda; no basta con hacer lo correcto, porque también tiende a ser injusta y otorgar a otros lo que a ti no; ella solo te puede garantizar algo: la muerte siempre estará acechándote, lista para llegar en el momento menos esperado… esa es la sensación que queda después de ver esta película. 

Se estrenó recientemente en Netflix, el último metraje de los hermanos Joel e Ethan Coen, una antología conformada por historias que transcurren en el viejo oeste norteamericano, sin conexión aparente, pero que tienen en común el absurdo de la existencia, la fatalidad del destino y el drama de la soledad. Se trata de La balada Buster Scruggs: seis relatos diferentes en tono, duración, estética y ritmo que, no obstante, se asemejan por una aura sombría y fatalista.

Jinetes solitarios, forajidos sin fortuna, mujeres indefensas, buscadores de oro, rebuscadores de feria, cazarrecompensas impíos hacen parte de la amplia gama de arquetipos utilizados por los Coen para dar vida a sus historia, las cuales pueden, en realidad, retratar la sociedad de cualquier parte del mundo; ya que, si bien no vivimos en esas tierras áridas y salvajes, no es raro encontrarse con bandidos, pistoleros a sueldo, arribistas y embusteros, que motivados por la codicia, la envidia o la soberbia tratan de pasar por encima de los demás; de ahí que parte de la crítica haya sido injusta con esta obra, calificándola como irregular, sin destacar que es un reflejo de la madurez de dos grandes directores, cuya filmografía ya nos ha dejado clásicos como El gran Lebowski o No es país para viejos, por solo mencionar a dos.

Hablar particularmente sobre cada cortometraje sería desvelar información importante para el desarrollo de las tramas, anticipar los desenlaces o dañar las sorpresas finales. Por lo tanto, se sugiere tener disposición para contemplar los paisajes, admirar el contraste de los escenarios, disfrutar la música incidental y gozar con los diálogos cargados de humor negro. También se recomienda estar atentos a la gran variedad de técnicas narrativas: desde el personaje que rompe la cuarta pared, hasta la historia que no necesita de diálogos para explicar el drama de sus protagonistas. 

En cuanto a las actuaciones, el elenco está conformado por grandes representantes de la industria de Hollywood como Tim Blake Nelson,  Tom Waits,  James Franco,  Liam Neeson,  Brendan Gleeson y Sam Dillon, todos se destacan y encajan perfectamente con un guion que se coronó como el mejor durante el pasado Festival de Cine de Venecia. 

Netflix pretendía que La balada Buster Scruggs fuera una miniserie, donde cada cortometraje iba a convertirse en un episodio, pero los Coen decidieron hacerla antología, sin rellenos, ni alargues innecesarios, ni próximas temporadas; con ello tal vez se perdió de una excelente serie, pero se ganó una gran película. 

27 de noviembre de 2018

22 de julio: Las secuelas del terror




Oslo, Noruega, viernes 22 de Julio de 2011. Son las 3:30 p.m. Las calles del centro de la ciudad están sumergidas en el caos: humo, sirenas, escombros. Un carro cargado con explosivos acaba de explotar frente al edificio donde tiene su oficina el primer ministro. En un radio aproximado de un kilómetro, los ventanales de las edificaciones están hechos añicos. Pronto el mundo conocerá que, además de los 209 heridos, hay ocho víctimas fatales. La confusión y la desesperación han desplazado la tranquilidad habitual en este país localizado en la península Escandinava, al norte de Europa. Sin embargo, es solo el señuelo, el preámbulo de un ataque coordinado, se aproxima lo peor.

Mientras las autoridades civiles tratan de esclarecer todo lo que está pasando, en el norte de Oslo, un policía navega hacia la isla de Utoya, donde se lleva a cabo un campamento juvenil político del Partido Laborista. Allí, cerca de seiscientas personas, la mayoría adolescentes, discuten sobre los problemas del mundo y plantean, desde sus perspectivas, las posibles soluciones. La noticia del atentado en el distrito de gobierno ya se ha filtrado y se percibe una tensa calma entre muchos de ellos, cuyos padres trabajan en el sector oficial. 

El policía desembarca e informa que fue designado para realizar un control rutinario y preventivo, pero cuando le es requerida su identificación responde con disparos. Acaba de asesinar a los encargados de la seguridad del campamento, ahora tiene vía libre para llevar a cabo su misión. Sin una pizca de duda, ejecuta una cacería macabra. De nada sirve huir, ni los pinos, que están por toda la isla, sirven para ocultarse, con el rifle tiene la precisión de un militar entrenado, y sin siquiera pensarlo remata a los heridos con pistola. Desesperados, los muchachos llaman a sus padres en Oslo, los medios se enteran y se despliega un operativo de la fuerza pública. 

78 minutos después de haber dado rienda suelta a su barbarie, el asesino se entrega al verse rodeado de agentes. En total, durante su recorrido por la isla asesinó a 77 personas.  No, no representa Al Qaeda, ni a ningún otro grupo terrorista islámico. Es  Anders Behring, un noruego de casi 30 años, que se autoproclama miembro del movimiento de la ultraderecha llamado los Caballeros Templarios, cuyo objetivo es combatir el multiculturalismo y sacar a los inmigrantes de Europa. En su detención pide específicamente que se le asigne a un abogado que, en el pasado, defendió a simpatizantes de ideas nazistas, y pone en alerta a las autoridades al afirmar que un tercer atentado está por presentarse. 

El apacible pueblo noruego tendrá entonces que descubrir si es cierto o no que se prepara un nuevo ataque y, al mismo tiempo, asimilar la responsabilidad de un hecho de tal magnitud, mientras facilita la reparación de los sobrevivientes de la masacre…

Así se resumen los primeros 30 minutos de la más reciente película del realizador inglés Paul Greengrass, llamada 22 de julio, nombre que hace referencia al evento terrorista ocurrido en el año 2011. No obstante, la cinta tiene una duración de 143 minutos, es decir, más allá de la masacre como tal, que está recreada de una manera magistral, la cinta se centra en el proceso legal contra el asesino y en las secuelas que trajo para la sociedad noruega. 

Greengrass, que en el pasado presentó películas de temática similar como Vuelo 93 y Capitán Phillips, con el manejo de cámara al hombro y una fotografía fría, logra que el espectador se sienta testigo directo de los hechos, obligándole, durante la primera media hora, a mantener la mirada fija para saber cómo va terminar el ataque. No se trata de una manipulación de la tragedia, ni de una sobreexposición a la violencia, no, el director sabe guardar la distancia, ser sobrio y conmover sin saturar la pantalla de sangre. 

Además, cuenta la historia desde diferentes puntos de vista: un joven  herido en Utoya, de cómo se enfrentó a su proceso de recuperación y a su propio victimario. El abogado que se ve obligado a defender profesionalmente algo con lo que no está de acuerdo moralmente, y el propio Anders Behring, que en manos del joven actor noruego Anders Danielsen Lie  transmite el odio y la frialdad de un hombre enceguecido por sus convicciones. 

Si bien, a partir del segundo acto, la película baja el ritmo, resulta necesario para comprender cómo se conciben estas expresiones de violencia en sociedades que han superado gran parte de los problemas que aquejan al tercer mundo. 

22 de julio se constituye en una buena alternativa para reflexionar sobre el momento que atraviesa la humanidad, sin caer en dramatismos excesivos, ni en sermones insoportables. 

13 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody el show debe continuar


Puede que no esté apegada fielmente a la realidad, puede que haya omitido la faceta más desenfrenada de la vida de su personaje principal, puede que el director haya apelado a una fórmula narrativa convencional, puede que se hayan dejado pasar muchos hechos históricos, y es posible que se sienta un poco acelerada; pero, sin duda, Bohemian Rhapsody es una película encantadora, emocionante, que cualquiera, fanático o no de Queen, disfrutará.

En 135 minutos, el director Bryan Singer resume un tramo de la vida de la gran banda de rock británica Queen, desde su creación en los años 70’, pasando por cómo se concibieron sus más grandes éxitos, hasta la participación en el concierto Live AID, en el estadio de Wembley, en 1985.

La historia es abordada desde el punto de vista de Freddie Mercury, en la clásica estructura del viaje del héroe: un personaje que gracias a un don inigualable se embarca en una travesía en busca de la gloria. En cuanto la alcanza, por inmadurez, se deja arrastrar a los excesos de la fama hasta el abandono de la soledad, sin embargo, luego se redime al reencontrarse con su familia y amigos.

El mayor acierto de la película es la excelente selección de personajes, especialmente Rami Malek como Mercury, quien captó toda la esencia de Freddie: tremendamente vulnerable en los momentos de soledad, y con actitud, estilo y presencia durante los conciertos. Él es quien lleva todo el peso dramático, como  sucede en su emotiva relación sentimental con Mary, interpretada por Lucy Boynton, a quien en un momento debe revelarle su bisexualidad, a pesar de considerarla el amor de su vida.

Si bien Rami Malek no canta, porque entre otras cosas sería casi imposible encontrar un buen actor con la voz siquiera parecida a la de Mercury, sí tomó clases de piano, y su caracterización fue bastante acertada. Igual sucede con los demás integrantes de la banda, que parecen traídos desde los 80’ para participar en la película. Gwilym Lee como el guitarrista Brian May; Ben Hardy como el baterista Roger Taylor, y Joe Mazzello como el bajista John Deacon. Todos excepcionales, aunque, su rol se limite a ser solo acompañantes en el viaje de Freddie.

Por supuesto, en la película de una banda mítica del rock hay que referirse a la música. Ese es uno de los aspectos más interesantes, especialmente al ver el origen de Bohemian Rhapsody, un tema que, en su momento, se salió de todos los esquemas y fue rechazado por las disqueras debido a su extensa duración, y que gracias a la convicción de la banda se posicionó como una de las mejores canciones en la historia de la música en todos sus géneros.

Quizás el filme pase muy ligero por otros éxitos como Love of my life, We will rock You, Another one bites the dust o I want to break free. No obstante, resulta gratificante ver cómo nacieron y escucharlos como si fuera la primera vez.

Los productores de esta película, entre los que se encuentran exmiembros de la banda, comprendieron que Freddie Mercury no debe ser recordado por su lado oscuro, sino por su música, la que siempre emocionará, sin importar el paso de los años. Es por ello que el final llega a un punto donde la reacción del público es levantarse, aplaudir y llorar, como si se hubiera acabado un concierto inolvidable.