13 de julio de 2016

Remembranzas de una herida abierta


De  nuevo Pedro Almodóvar enfoca con su cámara la historia de una madre. Esta vez se trata de Julieta una mujer que obligadamente ha dejado esa faceta de su vida a un lado, para olvidarla; para vivir entre calma y silencio, en Madrid.

El amor está presente y el deseo de cambiar su rumbo también, por lo que en pocos días viajará a Portugal, con la esperanza de no regresar. Pero un encuentro casual con el pasado la lleva a enfrentarse con el rol que la tomó por sorpresa a los 25 años, y con la incertidumbre de conocer qué ha pasado con su hija, después de más de una década de no saber de ella.

El clásico color rojo del director español da la señal de inicio a Julieta, la película que, con total fluidez, desnuda la intimidad de la mujer que se ha reservado cualquier comentario sobre su pasado.

Una carta escrita a modo de diario recapitula la vida de su protagonista, con cada uno de los hechos que la llevaron al lugar que hoy ocupa, y que le da validez a la decisión de titular todo el largometraje con su nombre.

Emma Suárez, quien encarna a la Julieta del presente, conmueve con su actuación. Representa la intranquilidad, el dolor y el abandono. Sus gestos son el ingrediente que desata emociones en el público, a medida que el relato se desarrolla.

La Julieta joven, Adriana Ugarte, interpreta una etapa de mayor fortaleza, de descubrir el romance y la vida familiar. Un trabajo un poco más discreto, pero que se ajusta a los niveles de drama que enfrenta.

El guion, basado en los cuentos Destino, Silencio y Pronto, de la canadiense Alice Munro, atrae con su crudeza, con su manera de encarar el sufrimiento y la culpa, mirándolos de frente y navegando hacia sus profundidades.

A pesar de la introspección que narra, no abundan los momentos de soledad física y pesadumbre, ya que la historia, como la vida misma, presenta varios acompañantes, sobre los que se plantean pequeños dramas adicionales, que le otorgan dinámica al relato.

También, le pintan matices a su protagonista, que no solo es madre; es hija, esposa, amiga y profesora.

La ambientación refleja lugares atractivos, en los que la decoración se relaciona con los personajes que resguarda, ya sea por sus gustos y destrezas, o por las etapas que viven.

Pedro Almodóvar es un director de detalles, que no encuadra un elemento porque sí, que comunica con todo lo que muestra, así no revele de inmediato su intención, pues se da el lujo de explicarla a su ritmo, en el momento justo.


Eso es exactamente Julieta, una película que estremece a cada paso, sin apresurarse, que descubre sus simbolismos con encanto y que abstrae de la realidad a quien la mira, para sobrecogerlo con melancolía cuando llega el final, convirtiéndose en un nuevo clásico del director que, otra vez, salió victorioso.