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Concepción de realidad



Por Camila Caicedo

Muchas veces el cine, o las películas que más publicidad y espacio tienen en las pantallas, peca por contarnos historias que se vuelven repetitivas, a pesar de sus variaciones. En lo que tiene que ver con el hecho de tener hijos, es más común encontrarnos con todo lo que rodea a la crianza, los desencuentros entre padres e hijos, o el apoyo que estos representan (cualquiera de los dos), en el momento de cumplir sus sueños.

Por el contrario, la búsqueda de un hijo, el sueño frustrado de ‘formar una familia’, cuando no es posible concebir, y los tratamientos a los que muchos solteros y parejas se someten para poder ser padres, no suelen ser muy abordados, ni siquiera en conversaciones casuales con amigos o en espacios masivos como los medios de comunicación.

Debido a esto, cuando me crucé por primera vez con Private life, en Netflix, sentí curiosidad por ver qué traería esta propuesta, que me atrajo además por la estética de su póster, y por sus protagonistas: Kathryn Hann y Paul Giamatti.

Esta es la historia de Rachel y Richard, una pareja que desea tener un hijo, y que al no conseguirlo de manera natural, se ha sometido a numerosos tratamientos, como inseminaciones, medicamentos y cirugías, que no han dado resultado. Después de batallar con sus cuerpos, su matrimonio y sus desengaños, ambos verán en la opción de alquilar un vientre, su única salida.

Ante todo, esta es una película honesta. Tamara Jenkins, su directora y guionista, se encarga de retratar desde adentro el sube y baja emocional que experimentan sus protagonistas, dándoles el espacio para que cada uno aflore sus propios temores, búsqueda de alternativas y esperanza. A su vez, da cuenta del impacto de este proceso en su relación: la unión de luchar por un objetivo en común y la fragilidad, cuando no se sienten recompensados.

Según una entrevista, la historia está basada en la experiencia de la misma Jenkins, lo que podría estar relacionado con el tiempo que dedica a la perspectiva femenina, interpretada de forma conmovedora, por Kathryn Hann. En este personaje, la actriz refleja la perseverancia, pero también el agotamiento de quien ha trasegado un largo camino y aún no logra ver el final. Con ella, explora la pérdida de control de su propio cuerpo, de su estado de ánimo y la duda por haber ‘sacrificado’ el tiempo preciso, a cambio de una carrera exitosa. 

En el caso del esposo, Richard, representado por Paul Giamatti, se puede observar el pilar de fortaleza que este ha construido para su esposa, sin que esa labor llegue a anular por completo sus sentimientos y vulnerabilidades, ante la hazaña de querer ser padre y no  conseguirlo.




No deja de ser una comedia

Pese a lo difícil de la situación que retrata, uno de los principales aciertos de esta película es su esencia cómica. El humor puede percibirse en sus diálogos, en ciertas situaciones que se plantean y en la espontaneidad con la que es narrada, como esas chispas de gracia que aparecen hasta en los instantes más difíciles.

La interacción con los demás personajes del elenco es fundamental para añadir ese toque, en especial, la relación con Sadie, la joven sobrina del matrimonio, interpretada por Kaily Carter. A través de ella es posible conocer a Richard y Rachel más allá de su deseo de padres, escudriñar un poco en sus prioridades del pasado, e incluso visualizarlos como esa figura de autoridad.

Private life fue estrenada en el Festival de Cine de Sundance, el más importante del cine independiente, en el 2018, y obtuvo las nominaciones al Independent Spirit Awards en las categorías Mejor Director, Mejor Guion y Mejor Actriz de Reparto, para Kaily Carter. 

Es la tercera película de Jenkins, a quien muchos le reprochan por los largos espacios entre sus producciones, y es toda una oportunidad para escapar de la realidad, ponerse en zapatos ajenos, experimentar con gracia el vacío de no conseguir lo que se añora, y de soñar una familia, a través de la pantalla.

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