11 de mayo de 2019

Llámame por tu nombre






Es el verano de 1984, en algún lugar de la campiña italiana, Elio, un adolescente de 17 años, descubre el amor. Contrario a lo que podría imaginar, no se siente bien, le molesta, le incomoda y le enfada; no termina de aceptar que esté consumido por el deseo hacia Oliver, un hombre 14 años mayor que él.

Así se resume el inicio de Call me by your name o Llámame por tu nombre, una película del año 2017 dirigida por el italiano Luca Guadagnino, que, con una puesta en escena impecable cargada de simbolismos, repleta de sutilezas y un ambiente de ensueño, lleva a los espectadores a ser testigos del primer amor, de cómo Elio descubre su identidad y aquello que se convertirá en lo más importante de su vida.

El largometraje es una oda a la belleza, con un estilo refinado, el director aprovecha todo el encanto de la villa italiana: los caminos empedrados, las praderas de verdes resplandecientes y los árboles en plena cosecha para provocar una sensación onírica que  se remarca en el preciosismo de la música, piezas llenas de melancolía, que hacen recordar el dolor de la primera decepción.

Para destacar, las maravillosas actuaciones de Timothée Chalamet, en el papel de Elio, que sin mediar palabras consigue conmover con el descontrol interior que vive al tratar de ponerle freno a su sentimiento, y de Armie Hammer (Oliver), que demuestra el conflicto que vive su personaje al lidiar con la pasión, mientras trabaja junto al padre del muchacho y se hospeda en la casa de la familia.

Basada en la novela homónima, autoría del escritor estadounidense André Aciman, la película evita caer en los típicos conflictos de las relaciones homosexuales: no hay discriminación, no hay golpizas, ni señalamientos, por el contrario, los protagonistas están en una vida que raya con la perfección: son cultos, pasan sus tardes leyendo en varios idiomas, desayunan al aire libre, mientras disfrutan de toda clase de frutas, pasean en bicicleta y nadan en albercas naturales.

Call me by your name es precisamente eso, un homenaje a la buena vida, al amor, con sus matices y dificultades, de ahí que cualquier espectador pueda sentirse identificado, porque encuentra en ella algo que ha vivido o puede llegar a enfrentar. Como en el caso del padre de Elio, quien, en un principio, parece ignorar toda la situación, pero que es consciente de todo el drama por el que atraviesa su hijo, de tal manera que lo apoya sin cuestionamientos, hasta culminar con un monólogo enternecedor, capaz de llevar al llanto al más fuerte.

Llámame por tu nombre es para ver sin prejuicios, sin afanes; ella se toma su tiempo para plantear los conflictos, para que las emociones se manifiesten, para crear personajes tridimensionales y, por supuesto, para exaltar al amor, un amor que se percibe perfecto, pero que es solo una ilusión, porque, como todo en la vida, hasta el más bello de los veranos también termina.

7 de mayo de 2019

Endgame: la mejor conclusión para la saga



Cuando Avengers Endgame finaliza, uno puede sentirse triste, acongojado, feliz, pero, ante todo, satisfecho. Quienes han seguido las 22 películas de la Saga del Infinito recibirán esta entrega como un gran homenaje de parte de los productores, sentirán que valió la pena aguantar la consolidación del primer universo compartido del cine y comprenderán que los productores de la cinta demostraron el gran cariño que les tienen a los personajes que han seguido en los últimos once años. 

A diferencia de Infinity War, Endgame no es una película sobre Thanos (el villano), es una cinta acerca de los seis héroes principales; tampoco es una propuesta de acción como lo fue su predecesora, es una aventura que se toma su tiempo para resolver las historias de los protagonistas, para ir ratificando sus motivaciones internas y esa fuerza que los impulsa a tratar de salvar la humanidad, en un mundo sumido en la tristeza, debido a la desaparición de la mitad de la población.

Cada guiño, cada diálogo fueron incluidos para aportar al desarrollo de la historia, y en la medida que avanza la trama, el ritmo se va acelerando hasta llegar a una conclusión épica, donde la gran pantalla se queda chica para disfrutar de una batalla final, no solo por la posibilidad de ver a tantos héroes combatiendo, sino por la solemnidad de cada acontecimiento, capaz de conmover hasta llevar al llanto.

Buenas actuaciones, quizás las interpretaciones mejor logradas de todas las 22 películas; un guion que cierra correctamente los arcos dramáticos de cada personaje, una dirección impecable, con planos secuencias apabullantes, y excelentes efectos especiales son valores insuficientes para afirmar que estamos ante la mejor película de la historia, ni siquiera lo es en su género, y está muy lejos de conseguirlo.

Endgame tiene vacíos e incoherencias monumentales en las mismas reglas que plantea, además de algunas secuencias fastidiosas que siempre vienen incluidas en el tono humorístico que caracteriza a la casa productora. Pero para qué exigirle de más a una cinta donde hay hombres con habilidades extraordinarias debido a la mordedura de una araña radioactiva, es mejor no pensar en ello y pasarlo por alto, porque al final de cuentas es una experiencia magnífica que, quizás, jamás volverá a repetirse.

3 de mayo de 2019

La danza y el género













Lara, de 15 años, aspira convertirse en bailarina de una prestigiosa academia de ballet, que le ha otorgado dos meses de prueba, para admitirla. El nivel de exigencia es alto, pues debe ponerse al corriente de sus demás compañeras, que tienen mayor práctica y ya no les cuesta tanto permanecer en puntas.

Sin embargo, Lara también tiene la presión de ser aceptada y de aceptarse a sí misma, ya que acaba de iniciar un proceso hormonal, que le permitirá someterse a una cirugía de reasignación de sexo, y convertirse en mujer, por lo que pretende que los resultados sean visibles lo antes posible.

Victor Polster es el encargado de darle vida a la joven, en la película belga de 2018, Girl, premiada con el reconocimiento Queer Palm, que entrega Cannes a las películas con temáticas LGBT, y con la Cámara de Oro para su director Lukas Dhont.

La cinta se caracteriza por tener la mayor parte del tiempo en pantalla a su personaje principal, quien se va descubriendo poco a poco como una joven transexual, frente a los espectadores, como si estuviera adquiriendo confianza para mostrar sus inseguridades.

Y es que, inicialmente, Lara es presentada como una bailarina apasionada, sin hacer ningún énfasis en su sexualidad, para después ir desvelando ese otro factor de su vida, con muchos silencios frente al espejo, visitas al médico y confrontaciones con otros personajes.

Allí se destaca la interpretación de Polster, un bailarín sobresaliente, que logra mimetizarse con el género femenino, para después sacar a flote el desespero por no convertirse en lo que espera ser, físicamente y de forma profesional.

En el guion, escrito por Lukas Dhont, e inspirado en la historia de la bailarina trans Nora Monsecour, las frustraciones de Lara son representadas con sus dolores físicos causados por la danza; se hace evidente la presión psicológica que le provoca la ‘perfección’, en la vida y en el ballet, y se da un espacio para el paralelo entre la comprensión que le ofrece su familia, y la indolencia que puede tener el resto de la sociedad para juzgar su camino.

A pesar de que algunas críticas, en especial las de la comunidad trans, calificaron a la película como morbosa o cerrada, era casi imposible presentar a una bailarina sin mostrar su cuerpo, y que este no adquiriera relevancia en una historia sobre transexualidad, por lo que la considero como una apuesta honesta.

También, fue señalada por ser la visión de un director cisgénero, es decir que se identifica con el género con el que nació, debido a los apartes que resultan más pesados que conmovedores, aunque estos deben verse como una historia individual, y no como un todo para esa comunidad.

Girl es una cinta que se atreve a mirar de frente este tipo de historias, que aún son vistas como tabú. Una perspectiva particular, sobre un mundo que necesita empezar a llenar las pantallas, a tener presencia en nuevas propuestas que diluyan los imaginarios, y que abra la mente del público que les dé una oportunidad.


22 de abril de 2019

La maldición de La Llorona



Pasillo oscuro, silencio incomodo, un personaje cualquiera va caminando muy despacio en busca de alguien o algo, sabe que se debe alejar de ahí, pero, aun así, no se detiene; de repente, aparece una figura fantasmagórica al mismo tiempo que, de golpe, se escucha un grito, gruñido o lamento… el espectador salta de la silla, a pesar de que ya sabía lo que iba a suceder. La receta se repite una y otra vez, hasta que aburre y deja de sorprender.

Así se resumen la gran mayoría de historias de terror que llegan a las salas cine cada mes y es la firma de la saga de películas del Expediente Warren que, si bien tuvo un acierto gracias a las dos primeras entregas de El Conjuro, con La maldición de La Llorona, que supuestamente es otro capítulo de este universo, da un paso en falso.

Inspirada en la famosa leyenda latinoamericana sobre ese espíritu condenado al lamento eterno por haber asesinado a sus hijos, la cinta se ubica en Los Ángeles de la década del 70, y cuenta la historia de Anna García (Linda Cardellini), una trabajadora social que debe atender un caso perturbador sobre la muerte de dos niños pequeños, cuya madre asegura que fue La Llorona, lo cual, en un principio le parece improbable hasta que sus propios hijos son acechados por el ente maligno. Desesperada, Ana acude a Rafael (Raymond Cruz), una especie de chamán, que apelará a toda clase rituales (sin tener en cuenta lo ridículo que resultan) para poder enfrentar la maldición.

En su ópera prima, el director Michael Chaves realiza una correcta puesta en escena, pero a partir de la receta de siempre: casa embrujada, un monstruo acechando en la oscuridad, personajes que suelen tomar decisiones estúpidas, iconografía cristiana y un desenlace exagerado. Nada nuevo. Lo que pudo haber sido una historia con carácter, con una atmósfera auténtica como lo contaban los abuelos de hace tiempo, se perdió con cada susto 'inesperado'.

Para ver La maldición de La Llorona hay que asistir a la sala de cine con la disposición a ser asustado, para abrazarse con la pareja o para reírse con los amigos (por lo ridículo de algunas secuencias). Hay que dejarse atrapar por la escena cliché, a pesar de que, como les sucede a los protagonistas, lo más sano sea alejarse de ahí.

3 de marzo de 2019

Increíblemente real











A Ron Stallworth no le bastó con ser el primer policía negro en la historia de Colorado Springs, tampoco le alcanzó con ser aceptado en el equipo de detectives, no, él quiso ir más allá y se atrevió a ingresar, en cubierto, a el Klu Klux Klan. Sí, en el año de 1979 la organización racista, xenófoba, antisemita más peligrosa de la historia de los Estados Unidos aceptó entre sus filas, sin saberlo, a un afroamericano.  Y Ron, ¿cómo lo consiguió? Gracias a la ayuda de un judío. ¿Acaso la realidad puede llegar a ser más sorprendente, más irónica?

Este es solo el punto de partida de El Infiltrado del KKKlan (2018), la más reciente realización del polémico director Spike Lee, una gran propuesta estética y narrativa, aderezada con su inconfundible irreverencia, un filme que logró 6 nominaciones en los Premios Óscar 2019: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto, Mejor Guion Adaptado, Mejor Montaje y Mejor Banda Sonora, y que fue ovacionado en algunos de los grandes festivales alrededor del mundo. 

Con la lucha por los derechos civiles como telón de fondo, Ron y Flip (su compañero judío) tienen la misión de descubrir los planes criminales que traza el clan, al tiempo que se ganan la confianza de los líderes, evaden las miradas inquisitoriales de quienes sospechan de su lealtad a la superioridad blanca y soportan las humillaciones de los propios compañeros del departamento de Policía. 

La producción es un homenaje al movimiento cinematográfico de explotación negra (blaxploitation), el cual tuvo su esplendor, precisamente, en la década del 70, con policías afroamericanos como protagonistas, en un realce de los íconos que construyen el imaginario y la identidad de la raza negra. 

Creativa

Spike Lee pone al servicio de la historia una serie de recursos técnicos que la enriquecen y hacen entretenida, de principio a fin: planos secuencias, imágenes de archivo y monólogos, van proporcionando ritmo y equilibrio. El director, nacido en Atlanta (Georgia), en toda su filmografía ha promovido la igualdad racial, en esta oportunidad, sin caer en el moralismo, envía un mensaje claro en contra del fundamentalismo y con socarronas burlas al gobierno actual de Donald Trump, para finalizar en una secuencia contundente.

El otro punto fuerte de la cinta es la construcción de personajes, los protagonistas generan empatía con el público, sin ser perfectos, por el contrario, son profundos con muchos matices. Este punto se realza gracias a las excelentes actuaciones de John David Washington (Ron) y Adam Driver (Flip), son ellos quienes cargan con todo el peso dramático y no son inferiores al reto.

El diseño de producción fue cuidadosamente pensado para recrear la época y generar secuencias aterradoras, en especial aquellas donde el KKK está en acción. Pequeños detalles, ubicados detrás de la acción principal de cada escena realzan el mensaje de las escenas y dan fuerza a la premisa. 

A diferencia de otras cintas que también abordan el racismo, como por ejemplo Green Book, esta producción es consciente de que el problema está vigente, que la intolerancia frente a las minorías no es un asunto del pasado, sino que, inclusive, está más arraigado en aquellos que culpan de todos sus males a las minorías, ya sean negros, judíos, gitanos o inmigrantes. 

Un final diferente

La película no es el gran trabajo en la filmografía de Spike Lee, pero sí es su regreso a las grandes ligas con una de las mejores propuestas de la temporada de premios, sin embargo, entre espectadores y críticos el filme ha sido ignorado, casi rechazado, debido, en gran parte, a la secuencia final, que rompe con la estructura narrativa, no obstante, también puede ser tomada como un segundo clímax de la película, sin miramientos refuerza el mensaje y provocando desazón y desesperanza frente a la cada vez más sorprendente e increíble realidad.