11 de junio de 2019

Elton John según Elton John



Consciente o inconscientemente tendemos a organizar los recuerdos para que nos favorezcan, seleccionamos los acontecimientos, encasillamos a las personas, exaltamos cualidades, minimizamos defectos, buscamos explicaciones para darle sentido a la vida, a lo mejor, como decía García Márquez se trata de un artificio de la memoria del corazón para poder sobrellevar el pesado. Es por ello que Rocketman, la nueva cinta biográfica sobre Elton John, se aparta de los convencionalismos, se atreve valientemente a dar una visión de los hechos, sin caer en autocomplacencias e hipocresías que lleven al espectador a pensar que el protagonista es un mártir que se redime en el último momento, y esto resulta aún más destacable, porque es el propio cantante quien, al ser el productor ejecutivo, aporta el enfoque de cada acontecimiento.

Rocketman se limita solo a la primera etapa de la vida artística del cantautor, desde que un niño tímido, ignorado y rechazado llamado Reginald Dwight descubre su talento innato para el piano, hasta que la fama consume en un festín de drogas, sexo, alcohol y excentricidades a un solitario Elton John. Sin ceñirse al curso real de los sucesos, el director Dexter Fletcher consigue involucrarnos en las batallas internas del protagonista: el dolor, la inseguridad, las dudas sobre su preferencia sexual, y nos provoca un mar de sensaciones cuando utiliza las canciones del autor como brújula para dar con los hechos que influyeron en su autoconocimiento.

Pero no se trata de una película triste, ni mucho menos, ni tampoco de hacer quedar bien a Elton, desde la primera secuencia el personaje se declara un adicto a todo: a las drogas, al alcohol, al sexo y a las compras, mientras que, por el final, si bien ha aprendido aceptarse sin caer en el sórdido mundo de la adicción, no se arrepiente de nada, porque ese lado también contribuyó a descubrir su versión más imperfecta, más humana.

Taron Egerton, como Elton, merece una mención especial porque más allá de la caracterización, captó la esencia del personaje, sin caer en el ridículo a la hora de utilizar el vestuario extravagante, supo entender que no era una burla ni una caricaturización del artista, sino una contundente puesta en escena, un grito de identidad.

Por supuesto, la música también juega un papel preponderante, no solo porque la mayoría de canciones dan ritmo y fuerza a las secuencias, sino por las fantásticas coreografías, los bailes que enarbolan las banderas del musical clásico, lo cual se agradece.

La cinta no es perfecta, quizás se extiende más de lo debido, en los 121 minutos hay momentos de relleno que distraen la atención de lo verdaderamente preponderante. Así mismo, en algunos casos el maquillaje de los personajes secundarios se ve falso e inadecuado. No obstante, sería una contradicción seguir dando detalles de esa índole, es mejor aprender a aceptarla tal cual es y, de seguro se podrá disfrutar mucho más y mejor.

Por último, cabe aclarar que desde esa visión extravagante de la vida que siempre demostró Elton, el director utilizó al musical como herramienta narrativa, lo cual puede ahuyentar a los que no son fanáticos del género, pero aquellos que se dejen llevar por la historia y acepten sus reglas obtendrán como recompensa el haber visto una de las mejores películas del año. 

11 de mayo de 2019

Llámame por tu nombre






Es el verano de 1984, en algún lugar de la campiña italiana, Elio, un adolescente de 17 años, descubre el amor. Contrario a lo que podría imaginar, no se siente bien, le molesta, le incomoda y le enfada; no termina de aceptar que esté consumido por el deseo hacia Oliver, un hombre 14 años mayor que él.

Así se resume el inicio de Call me by your name o Llámame por tu nombre, una película del año 2017 dirigida por el italiano Luca Guadagnino, que, con una puesta en escena impecable cargada de simbolismos, repleta de sutilezas y un ambiente de ensueño, lleva a los espectadores a ser testigos del primer amor, de cómo Elio descubre su identidad y aquello que se convertirá en lo más importante de su vida.

El largometraje es una oda a la belleza, con un estilo refinado, el director aprovecha todo el encanto de la villa italiana: los caminos empedrados, las praderas de verdes resplandecientes y los árboles en plena cosecha para provocar una sensación onírica que  se remarca en el preciosismo de la música, piezas llenas de melancolía, que hacen recordar el dolor de la primera decepción.

Para destacar, las maravillosas actuaciones de Timothée Chalamet, en el papel de Elio, que sin mediar palabras consigue conmover con el descontrol interior que vive al tratar de ponerle freno a su sentimiento, y de Armie Hammer (Oliver), que demuestra el conflicto que vive su personaje al lidiar con la pasión, mientras trabaja junto al padre del muchacho y se hospeda en la casa de la familia.

Basada en la novela homónima, autoría del escritor estadounidense André Aciman, la película evita caer en los típicos conflictos de las relaciones homosexuales: no hay discriminación, no hay golpizas, ni señalamientos, por el contrario, los protagonistas están en una vida que raya con la perfección: son cultos, pasan sus tardes leyendo en varios idiomas, desayunan al aire libre, mientras disfrutan de toda clase de frutas, pasean en bicicleta y nadan en albercas naturales.

Call me by your name es precisamente eso, un homenaje a la buena vida, al amor, con sus matices y dificultades, de ahí que cualquier espectador pueda sentirse identificado, porque encuentra en ella algo que ha vivido o puede llegar a enfrentar. Como en el caso del padre de Elio, quien, en un principio, parece ignorar toda la situación, pero que es consciente de todo el drama por el que atraviesa su hijo, de tal manera que lo apoya sin cuestionamientos, hasta culminar con un monólogo enternecedor, capaz de llevar al llanto al más fuerte.

Llámame por tu nombre es para ver sin prejuicios, sin afanes; ella se toma su tiempo para plantear los conflictos, para que las emociones se manifiesten, para crear personajes tridimensionales y, por supuesto, para exaltar al amor, un amor que se percibe perfecto, pero que es solo una ilusión, porque, como todo en la vida, hasta el más bello de los veranos también termina.

7 de mayo de 2019

Endgame: la mejor conclusión para la saga



Cuando Avengers Endgame finaliza, uno puede sentirse triste, acongojado, feliz, pero, ante todo, satisfecho. Quienes han seguido las 22 películas de la Saga del Infinito recibirán esta entrega como un gran homenaje de parte de los productores, sentirán que valió la pena aguantar la consolidación del primer universo compartido del cine y comprenderán que los productores de la cinta demostraron el gran cariño que les tienen a los personajes que han seguido en los últimos once años. 

A diferencia de Infinity War, Endgame no es una película sobre Thanos (el villano), es una cinta acerca de los seis héroes principales; tampoco es una propuesta de acción como lo fue su predecesora, es una aventura que se toma su tiempo para resolver las historias de los protagonistas, para ir ratificando sus motivaciones internas y esa fuerza que los impulsa a tratar de salvar la humanidad, en un mundo sumido en la tristeza, debido a la desaparición de la mitad de la población.

Cada guiño, cada diálogo fueron incluidos para aportar al desarrollo de la historia, y en la medida que avanza la trama, el ritmo se va acelerando hasta llegar a una conclusión épica, donde la gran pantalla se queda chica para disfrutar de una batalla final, no solo por la posibilidad de ver a tantos héroes combatiendo, sino por la solemnidad de cada acontecimiento, capaz de conmover hasta llevar al llanto.

Buenas actuaciones, quizás las interpretaciones mejor logradas de todas las 22 películas; un guion que cierra correctamente los arcos dramáticos de cada personaje, una dirección impecable, con planos secuencias apabullantes, y excelentes efectos especiales son valores insuficientes para afirmar que estamos ante la mejor película de la historia, ni siquiera lo es en su género, y está muy lejos de conseguirlo.

Endgame tiene vacíos e incoherencias monumentales en las mismas reglas que plantea, además de algunas secuencias fastidiosas que siempre vienen incluidas en el tono humorístico que caracteriza a la casa productora. Pero para qué exigirle de más a una cinta donde hay hombres con habilidades extraordinarias debido a la mordedura de una araña radioactiva, es mejor no pensar en ello y pasarlo por alto, porque al final de cuentas es una experiencia magnífica que, quizás, jamás volverá a repetirse.

3 de mayo de 2019

La danza y el género













Lara, de 15 años, aspira convertirse en bailarina de una prestigiosa academia de ballet, que le ha otorgado dos meses de prueba, para admitirla. El nivel de exigencia es alto, pues debe ponerse al corriente de sus demás compañeras, que tienen mayor práctica y ya no les cuesta tanto permanecer en puntas.

Sin embargo, Lara también tiene la presión de ser aceptada y de aceptarse a sí misma, ya que acaba de iniciar un proceso hormonal, que le permitirá someterse a una cirugía de reasignación de sexo, y convertirse en mujer, por lo que pretende que los resultados sean visibles lo antes posible.

Victor Polster es el encargado de darle vida a la joven, en la película belga de 2018, Girl, premiada con el reconocimiento Queer Palm, que entrega Cannes a las películas con temáticas LGBT, y con la Cámara de Oro para su director Lukas Dhont.

La cinta se caracteriza por tener la mayor parte del tiempo en pantalla a su personaje principal, quien se va descubriendo poco a poco como una joven transexual, frente a los espectadores, como si estuviera adquiriendo confianza para mostrar sus inseguridades.

Y es que, inicialmente, Lara es presentada como una bailarina apasionada, sin hacer ningún énfasis en su sexualidad, para después ir desvelando ese otro factor de su vida, con muchos silencios frente al espejo, visitas al médico y confrontaciones con otros personajes.

Allí se destaca la interpretación de Polster, un bailarín sobresaliente, que logra mimetizarse con el género femenino, para después sacar a flote el desespero por no convertirse en lo que espera ser, físicamente y de forma profesional.

En el guion, escrito por Lukas Dhont, e inspirado en la historia de la bailarina trans Nora Monsecour, las frustraciones de Lara son representadas con sus dolores físicos causados por la danza; se hace evidente la presión psicológica que le provoca la ‘perfección’, en la vida y en el ballet, y se da un espacio para el paralelo entre la comprensión que le ofrece su familia, y la indolencia que puede tener el resto de la sociedad para juzgar su camino.

A pesar de que algunas críticas, en especial las de la comunidad trans, calificaron a la película como morbosa o cerrada, era casi imposible presentar a una bailarina sin mostrar su cuerpo, y que este no adquiriera relevancia en una historia sobre transexualidad, por lo que la considero como una apuesta honesta.

También, fue señalada por ser la visión de un director cisgénero, es decir que se identifica con el género con el que nació, debido a los apartes que resultan más pesados que conmovedores, aunque estos deben verse como una historia individual, y no como un todo para esa comunidad.

Girl es una cinta que se atreve a mirar de frente este tipo de historias, que aún son vistas como tabú. Una perspectiva particular, sobre un mundo que necesita empezar a llenar las pantallas, a tener presencia en nuevas propuestas que diluyan los imaginarios, y que abra la mente del público que les dé una oportunidad.


22 de abril de 2019

La maldición de La Llorona



Pasillo oscuro, silencio incomodo, un personaje cualquiera va caminando muy despacio en busca de alguien o algo, sabe que se debe alejar de ahí, pero, aun así, no se detiene; de repente, aparece una figura fantasmagórica al mismo tiempo que, de golpe, se escucha un grito, gruñido o lamento… el espectador salta de la silla, a pesar de que ya sabía lo que iba a suceder. La receta se repite una y otra vez, hasta que aburre y deja de sorprender.

Así se resumen la gran mayoría de historias de terror que llegan a las salas cine cada mes y es la firma de la saga de películas del Expediente Warren que, si bien tuvo un acierto gracias a las dos primeras entregas de El Conjuro, con La maldición de La Llorona, que supuestamente es otro capítulo de este universo, da un paso en falso.

Inspirada en la famosa leyenda latinoamericana sobre ese espíritu condenado al lamento eterno por haber asesinado a sus hijos, la cinta se ubica en Los Ángeles de la década del 70, y cuenta la historia de Anna García (Linda Cardellini), una trabajadora social que debe atender un caso perturbador sobre la muerte de dos niños pequeños, cuya madre asegura que fue La Llorona, lo cual, en un principio le parece improbable hasta que sus propios hijos son acechados por el ente maligno. Desesperada, Ana acude a Rafael (Raymond Cruz), una especie de chamán, que apelará a toda clase rituales (sin tener en cuenta lo ridículo que resultan) para poder enfrentar la maldición.

En su ópera prima, el director Michael Chaves realiza una correcta puesta en escena, pero a partir de la receta de siempre: casa embrujada, un monstruo acechando en la oscuridad, personajes que suelen tomar decisiones estúpidas, iconografía cristiana y un desenlace exagerado. Nada nuevo. Lo que pudo haber sido una historia con carácter, con una atmósfera auténtica como lo contaban los abuelos de hace tiempo, se perdió con cada susto 'inesperado'.

Para ver La maldición de La Llorona hay que asistir a la sala de cine con la disposición a ser asustado, para abrazarse con la pareja o para reírse con los amigos (por lo ridículo de algunas secuencias). Hay que dejarse atrapar por la escena cliché, a pesar de que, como les sucede a los protagonistas, lo más sano sea alejarse de ahí.