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La simplicidad de estar vivos



Por Camila Caicedo

La primera vez que me senté frente a Everything Everywhere All That Once o Todo en Todas Partes Al Mismo Tiempo, estaba en un teatro lleno, con algo de tensión por el círculo que me rodeaba, y a pesar de llamarme la atención desde el cartel y la actriz que veía en él, la película (y la situación fuera de la pantalla) me fue saturando tanto que salí algo mareada, confusa y con el deseo de volver a casa. 

En mi segundo encuentro con la cinta, que ya empezaba a ser reconocida por sus logros en taquilla, en plataformas y por su impacto cultural, sentí mucha expectativa por volverla a ver, tanto que cada salto en los multiversos que presenta me emocionó como si nunca la hubiera visto, me hizo llorar con la manera en que aborda la relación entre madre e hija y me generó una sensación de esperanza total en el futuro cinematográfico, gracias a The Daniels, el dúo de directores jóvenes que unidos habían logrado semejante hazaña. 

Sin embargo, para escribir esta reseña un poco tardía, a pesar de dos experiencias previas con la película, tuve la necesidad de volver a ella (¿me volví adicta?), y en el silencio de una tarde pude verla con mucho más detenimiento, lo que la  transformó en un abrazo que me invitó a no preocuparme tanto por todo.

Tres experiencias diferentes, que quizá no habrían existido completas si no hubiera vuelto a revisarla, como una especie de variación en el multiverso de decidirse por una película. 

Y es que precisamente esta es la esencia de Todo en Todas Partes: una inmigrante en Estados Unidos, procedente de China, que en medio de sus vidas familiar y laboral colapsadas, se entera que puede conectarse con las múltiples versiones de su vida, la cantidad de posibilidades que existe paralelamente a raíz de cualquier variación en sus elecciones, para enfrentar a un ‘ser despiadado’ que quiere destruirlo todo.

Con habilidades desconocidas pero novedosas, Evelyn, interpretada por Michelle Yeoh, empieza a reconocer su poder y a cuestionar su realidad. Si de verdad ese camino que parece tan catastrófico fue el correcto o si es posible desligarse de él por completo.

Desde la primera escena de la película, que es hablada en mandarín y en inglés, sentí el caos en el que vive la familia protagonista, integrada por la madre, Yeoh; el padre, interpretado por Ke Huy Quan; la hija, Stephanie Hsu, y el abuelo, James Hong. Ropa apilada por todos lados, miradas con desdén y poca paciencia, que se asemejan a una tetera a punto de pedir ayuda.

Ese diseño de producción que luce totalmente saturado acierta, porque permite entender el estrés que se sale por los ojos de la protagonista. Esto también lo pude vivir por medio de los movimientos de cámara y la banda sonora, especialmente en mi primer encuentro con la propuesta, cuando más retumbó en mi cabeza, y en el tercero, cuando me llevó a nuevas apreciaciones.

A pesar de toda esa tensión, el guion, original de sus directores Daniel Kwan y Daniel Scheinert, da muchos espacios para la comedia. Siempre hay un elemento que se ve disparatado, que choca con esos dramas rígidos de ciencia ficción que todo el tiempo lucen oscuros y aburridos. Todo en Todas Partes abre espacios para que los espectadores se relajen y disfruten de la locura que está sucediendo. Hay frases, gestos, situaciones que me hicieron reír, y que van totalmente alineadas a la idea de que nada importa, la cual siento como una filosofía de sus directores, que se dejaron llevar totalmente por su imaginación, por su humor, para dejar su toque en la pantalla, al romper y unirse a paradigmas, como el caso de las artes marciales (habitual en las películas con asiáticos), pero que aquí luce más como una especie de homenaje a ese legado.

Ese contraste de vida sin respiro con comedia absurda también se experimenta a través de las actuaciones. En este caso, debemos hablar de los diversos personajes y de cada uno de los actores. 

Michelle Yeoh es el eje de esta propuesta, que se mueve entre el miedo, el empoderamiento, la apatía y el humor. Gracias a todas las veces que la vi, comprendí más cómo sí podrá alzarse con el Oscar, e incluso puedo fantasear con una escena en la que Cate Blanchett (la favorita) se levanta para aplaudirla de pie. 

Por su parte, el esposo Waymond, interpretado por Ke Huy Quan, también camina entre una personalidad ingenua y bondadosa, y ser la conexión fundamental entre Evelyn y los multiversos. Al principio me preguntaba si de verdad merecía tanto reconocimiento como el que ha tenido en las ceremonias de premios, pero pude reconocer lo convincente que resulta esa estela conciliatoria del personaje, así como su determinación para presentar cómo funciona ese viaje entre realidades.

No obstante, mi favorita es Stephanie Hsu, quien da vida a Joy, la hija de Evelyn, y a Jobu Tupaki, la enemiga. De su interpretación amo la insolencia, la frustración, la búsqueda de refugio, actitudes que se reflejan en sus gestos, en sus variaciones al hablar, y que se adornan perfectamente con el diseño de vestuario, también candidato al premio de la Academia, al no escatimar detalles para mostrar la irreverencia de conectarse con múltiples universos.

Con todo esto, y con sus 11 posibilidades, la película más nominada de esta edición del Oscar, Todo en Todas Partes al Mismo Tiempo demuestra la capacidad de la Academia de reinventarse, de pasar de lo políticamente correcto y discreto que celebró tantos años a creer en aquello que no sigue normas, que se atreve a sorprender y a incomodar. 

Después de tres citas, tres posibilidades de ver las cosas, tres filtros atravesados por los momentos que experimentaba en mi vida personal, hoy puedo decir que, al no quedarme con esa primera visión, espero verla triunfadora, que en este universo el público se ponga de pie, sin importar si las cosas tienen sentido, para ver la complejidad de vivir, con toda la simplicidad de estar vivos. 

Comentarios

Unknown dijo…
Me dieron ganas de verla.
Parece esas historias complejas entre múltiples realidades,
Multitemporal como Mr. Nobody,
Me.encanta volver a ver el actor de la momia.

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