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Gladiadores con raqueta



Cambiar la historia del tenis era la misión de Björn Borg y John McEnroe, cuando llegaron al campeonato de Wimbledon, en 1980. Si ganaba, el primero alcanzaría ese título por quinta vez consecutiva, todo un hito para su carrera deportiva, en la que ya ostentaba el puesto número 1 del ránking de la época, con tan solo 24 años.

Por su parte, McEnroe, la estrella en ascenso, llegaba con la misión de obtener por primera vez la copa de ese torneo, y era visto por la prensa especializada y el público como el único capaz de arrebatarle la gloria a su rival sueco.

Ese camino, desde su aterrizaje en Londres, hasta el partido final, recordado como uno de los más sublimes de la historia del tenis, es enmarcado por el director Janus Metz, en la cinta Borg-McEnroe, un thriller que traslada el suspenso a la cancha, y que convierte a ambos deportistas en personajes merecedores de una historia en pantalla grande.

‘El Hielo’ y ‘El Fuego’, como fueron llamados en distintos medios de comunicación, son representados por Sverrir Gudnason, como Borg, y Shia Lebouf, como McEnroe, quienes logran una ejecución maravillosa, que permite conocer íntima y profesionalmente a los dos jugadores.

Gudnason es el indicado para mostrar las vulnerabilidades del hombre que parecía imbatible, sus obsesiones con el triunfo, su metodología estricta de entrenamiento, que incluía probar la tensión de 50 raquetas antes de cada partido, su miedo al fracaso y, a la vez, su origen humilde.

Del otro lado, Lebouf presenta al explosivo tenista estadounidense, que no se conformaba con los dictámenes de jueces, durante sus partidos, que no temía maldecir cuando no estaba de acuerdo, que odiaba ser comparado con sus rivales, y que tenía siempre la presión de ser el mejor, en la sombra de su padre que lo miraba desde la tribuna.

Ambas personificaciones son dignas de una nominación a un premio de la Academia, ya que ninguna raya con la exageración, y se mantienen humanas y cercanas a los espectadores.

Esto también es un mérito del director danés, que da un espacio a los orígenes de cada personaje, contrastándolos, con muy buen gusto, con su preparación para el campeonato. De igual manera, es acertada la música, el vestuario, los colores y el ritmo de la pieza.

El mejor momento de la película es el partido final, donde están puestas todas las expectativas, donde la emoción llega a su punto más álgido y el ritmo cardíaco empieza a elevarse. La edición tiene mucho que ver con ese sentimiento, ya que se enfoca en los gestos de ambos jugadores, en el público, el marcador y las jugadas más representativas de esa disputa, que en la vida real tuvo una duración de 3 horas y 53 minutos. Al comparar, muchos instantes de la escena lucen similares a los ocurridos en el épico partido, lo cual demuestra lo cercano que quiso estar el director, para no defraudar a los fanáticos.

No obstante, para sentir la adrenalina de Borg-McEnroe, no es necesario saber mucho de tenis, y seguro ese encuentro será más memorable, si se entra a la sala de cine sin conocer el resultado.

La lucha de raquetas que se convirtió en leyenda deportiva pareció, desde siempre, una historia de ficción. Esta propuesta confirma que este fue el mejor argumento para hacer un drama deportivo y para devolverle vigencia a dos figuras que cambiaron el mundo.

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