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La maldición de La Llorona



Pasillo oscuro, silencio incomodo, un personaje cualquiera va caminando muy despacio en busca de alguien o algo, sabe que se debe alejar de ahí, pero, aun así, no se detiene; de repente, aparece una figura fantasmagórica al mismo tiempo que, de golpe, se escucha un grito, gruñido o lamento… el espectador salta de la silla, a pesar de que ya sabía lo que iba a suceder. La receta se repite una y otra vez, hasta que aburre y deja de sorprender.

Así se resumen la gran mayoría de historias de terror que llegan a las salas cine cada mes y es la firma de la saga de películas del Expediente Warren que, si bien tuvo un acierto gracias a las dos primeras entregas de El Conjuro, con La maldición de La Llorona, que supuestamente es otro capítulo de este universo, da un paso en falso.

Inspirada en la famosa leyenda latinoamericana sobre ese espíritu condenado al lamento eterno por haber asesinado a sus hijos, la cinta se ubica en Los Ángeles de la década del 70, y cuenta la historia de Anna García (Linda Cardellini), una trabajadora social que debe atender un caso perturbador sobre la muerte de dos niños pequeños, cuya madre asegura que fue La Llorona, lo cual, en un principio le parece improbable hasta que sus propios hijos son acechados por el ente maligno. Desesperada, Ana acude a Rafael (Raymond Cruz), una especie de chamán, que apelará a toda clase rituales (sin tener en cuenta lo ridículo que resultan) para poder enfrentar la maldición.

En su ópera prima, el director Michael Chaves realiza una correcta puesta en escena, pero a partir de la receta de siempre: casa embrujada, un monstruo acechando en la oscuridad, personajes que suelen tomar decisiones estúpidas, iconografía cristiana y un desenlace exagerado. Nada nuevo. Lo que pudo haber sido una historia con carácter, con una atmósfera auténtica como lo contaban los abuelos de hace tiempo, se perdió con cada susto 'inesperado'.

Para ver La maldición de La Llorona hay que asistir a la sala de cine con la disposición a ser asustado, para abrazarse con la pareja o para reírse con los amigos (por lo ridículo de algunas secuencias). Hay que dejarse atrapar por la escena cliché, a pesar de que, como les sucede a los protagonistas, lo más sano sea alejarse de ahí.

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