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La vista a la mitad de la caída

“Creo que hay personas que te ayudan a convertirte en quien terminas siendo y puedes estar agradecido, aunque no sigan siendo parte de tu vida para siempre”, B. H.


Por @Kalosw

Quién se iba a imaginar que una serie sobre un caballo animado iba a ser una de las más humanas de los últimos tiempos… 

Bojack Horseman es una obra maestra de la animación para adultos, con una historia profunda, devastadora, crítica y tremendamente triste. Original de la plataforma digital Netflix, la serie fue creada por Raphael Bob-Waksberg, con base en los dibujos de Lisa Hanawalt, y fue estrenada en el 2014. Cuenta con 6 temporadas, la última de las cuales se dividió en 2 partes, en un cierre majestuoso durante el año 2020. 

En un universo donde los animales conservan las características principales de su especie, pero se comportan e interactúan como humanos, Bojack Horseman es una antigua estrella de la televisión venida a menos; es un caballo solitario, egocéntrico, adicto al alcohol y a las drogas, que está en una permanente búsqueda de la satisfacción personal, a través de la recuperación de la gloria que tuvo en la década del 90, cuando protagonizaba una comedia familiar y, aparentemente, era querido por todos.  

Durante su primera temporada la serie plantea una acertada sátira al mundo de Hollywood y de los medios de comunicación actuales: la doble moral, la manipulación de la información y cómo la popularidad de una estrella está plagada de sinsentidos.  

Al verse así, podría pensarse que es una serie de nicho, incluso, algunos se sentirán aburridos con las tramas de los primeros capítulos, a pesar de esa cualidad innegable que demuestra para meter el dedo en la llaga y cuestionar con un humor negro a la sociedad contemporánea.  

No obstante, después de los primeros cuatro capítulos, una vez termina de plantear su universo, de establecer los personajes principales que acompañan a Bojack y cuando el espectador acepta las reglas del juego, la serie adquiere una nueva dimensión, en parte porque aborda temas como la culpa, la depresión, las adicciones, el suicidio, la política o el aborto con mucha seriedad, y evoluciona, pasa de ser una comedia inteligente a un drama con el que muchas personas podrán identificarse. 

Gran parte de ese éxito está cimentado en la excelente construcción de personajes, muchos de los cuales, a pesar de cumplir con un papel secundario, poseen historias interesantes, capaces de sostener episodios enteros. Cada uno tiene un trasfondo, no reaccionan por el poder del guion, sino que cada comportamiento es coherente con las motivaciones, con las creencias, el pasado o el entorno que los define. Explicar la psicología de uno solo de ellos bastaría para llenar una decena de páginas. 

En cada temporada hay episodios que merecen su propia reseña, tanto por su apartado técnico, como por su profundidad narrativa, desde un capítulo silente, pasando por un monólogo de 20 minutos, por una fantástica parodia del cine negro hasta una oda a la vida misma por medio de una visión cruda de la muerte.  

Bojack Horseman no es una serie fácil de ver, ni tiene el humor de Los Simpson o Padre de Familia, porque es más real y, a diferencia de cualquiera de sus predecesoras, permite que sus personajes evolucionen y crezcan, a partir de la comprensión de que sus acciones tienen consecuencias. Aprenden que las caídas o, incluso, los sueños alcanzados son solo un paso más, la vida sigue, sin dar tregua y no se queda con nada de nadie, está lista para pasar su cuenta de cobro cuando menos se le espera.  

Técnicamente se trata de una serie perfecta, que aprovecha cada fotograma para narrar y aportar algo al desarrollo de la historia o hacer alguna referencia divertida. A su vez, la música, incluidas las canciones de los créditos, sobresale en la construcción de esas atmósferas melancólicas que predominan en la mayoría de los episodios.  

Ver Bojack Horseman es como ir en un viaje que, al terminar, deja un inmenso vacío, donde solo queda el silencio que precede a la nostalgia de saber que para bien o para mal la vida continúa.  


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